Proteger = Incentivar

casas Madre de Dios

Que hay que proteger, recuperar y poner en valor nuestro patrimonio arquitectónico es evidente y creo que a estas alturas nadie opina lo contrario.

Que para ello hay que usar las herramientas que la ley pone a nuestra disposición, como el planeamiento urbanístico, tampoco se pone en cuestión.

Ahora bien, el desencuentro está en dónde colocar esa delgada línea roja que separa lo que tiene valor de lo que no, lo que merece la pena ser conservado de lo que no y más difícil aún… ¿Cómo hacerlo viable?

Está claro que la protección que se establece en los Planes Generales de Ordenación Urbanística es la principal forma de “proteger” las edificaciones singulares, que por su valor arquitectónico, histórico o artístico merecen ser mantenidas en su esencia para que sirvan de legado a las generaciones venideras. Pero… ¿Qué ocurre cuando lo único que propone el planeamiento son restricciones? ¿Qué pasa si ese encorsetamiento legal que afecta a parte o la totalidad de los edificios protegidos no viene acompañado de incentivos que hagan viables las intervenciones en ellos?

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Proteger = Incentivar